Para lograr grandes cosas siempre se necesita tener un líder que sea la guía y marque el camino por donde se debe caminar. Pero hay que tener mucho cuidado cuando el método que se aplica se basa en el “látigo y el castigo”, porque esto significa que tenemos un jefe autoritario que con sus actitudes nos falta al respeto, afecta nuestro autoestima y descompone el ambiente laboral.
¿Pero cómo podemos diferenciar a un gran líder de un jefe autoritario? “Un buen jefe es aquella persona que educa, respeta y enseña; delega responsabilidades y confía en la capacidad de su equipo de trabajo. El autoritario no escucha a los demás, no toma en cuenta a sus subordinados; todo el tiempo los acosa, no permite consensos y su actitud llega a lastimar a la gente que lo rodea”, asegura Jaime Grados, profesor de la Facultad de Psicología de Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y autor de libros sobre liderazgo y recursos humanos.
Y peor aún, la percepción que tiene de los demás es de muy poco valor. “El jefe autoritario continuamente le falta al respeto a su personal con comentarios hirientes donde los cataloga de flojos, irresponsables e ineptos; porque considera que él es el único con la capacidad suficiente para desarrollar las funciones asignadas a su departamento”, afirma el académico.
Es indispensable que en este tipo de relación laboral se definan claramente los valores que están en juego. Si la cuestión es sólo de trabajo, teóricamente bastaría con ser responsable, cumplir con las exigencias del caso y llegar a las metas establecidas para sobrellevar la relación.
Pero el problema puede ir más allá, ya que para un jefe autoritario nunca está bien hecho el trabajo y siempre existe algo que no le parece. “Así –dice
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